viernes, 25 de mayo de 2018

Silvia Vázquez me entrevista

Silvia Mabel Vázquez me entrevista para "Las musas despiertas"su blog literario-periodístico, acerca de la presentación de mi libro "Poemas de Adriana" en la FILBA 2018. ¡Muchísimas gracias, Silvia!

Se puede leer acá.

Adán Echeverría habla sobre mi micro "Mami no va a dejar que te pase nada"

En el periódico “El Vigía”, de México, Adán Echeverría escribe “Sobre una antología de minificciones”, una crítica de la antología “Cortocircuito” compilada por Fernando Sánchez Clelo, para la colección Ficción Express. En ella, Adán dice acerca de mi micro “Mami no va a dejar que te pase nada”: (…) un magnífico y brutal texto que marca el deterioro neo cristiano de la abnegación de la madre, y la enfermiza relación con los hijos varones, un texto visceral y cargado de sorpresa y emoción…

Pueden leer la nota acá


Mi cuento "Noticias de la sagrada ciudad de Elelín" en EL NARRATORIO, Año 2, Nro 27.

En la REVISTA DIGITAL "EL NARRATORIO", Año 3, Nro 27; mi cuento "Noticias de la sagrada ciudad de Elelín"

Pueden leerla acá



Cuentos míos en BABELICUS

En el Nro 5 del ezine internacional BABELICUS EN ESPAÑOL, que forma parte del blog del amigo y escritor italiano Stefano Valente (babelicus.blogspot.it), y que coordina mi querida Adriana Alarco de Zadra, están mis cuentos "Éramos un millón de animalitos ciegos" y "Ella nos enseñó a descubrir mundos mágicos". ¡Gracias, Adriana!

Pueden leer todo el ezine acá

ÉRAMOS UN MILLÓN DE ANIMALITOS CIEGOS

Entraron a mi hogar destruyendo todo.
El primero en morir fue papá, al tratar de impedir que tomaran a mi madre; pero el más grande de los salvajes, el que a todas luces era el jefe del grupo, le asestó un tremendo golpe con su garrote, que deshizo su cabeza.
Mi hermano mayor me tomó entre sus brazos y quiso sacarme de la Gran Sala, alejándonos de Casa. Nunca supe de dónde vino el ataque. Se le doblaron las piernas y caímos. Cuando vi sus ojos vidriosos escudriñando el vacío, comprendí que estaba muerto. Grité con todas mis fuerzas, en una mezcla de impotencia y locura.
Ese fue mi último acto consciente. Nunca más volví a ver a mi familia.
Los salvajes me encerraron en una caja pequeña, en completa oscuridad. Me alimentaban una vez por día y nunca me dejaron salir. El olor y la pesadez del aire eran insoportables.
No sé cuánto duró esa agonía. Perdía el conocimiento de continuo. En mis escasos momentos de lucidez notaba a veces una negrura total y otras, hilos tenues de luz que iluminaban mis manos sangrantes e infectadas, como lo estaba el resto de mi cuerpo. Y en todo momento, el movimiento bamboleante me mostraba que íbamos andando hacia un destino que desconocía.
En el delirio de la fiebre oía desgarradores gemidos y hasta lo que, supuse, eran palabras que decían mis compañeros de marcha y agonía. No reconocí sus lenguajes.
Cierto día, el bullicio del exterior se hizo atronador. En algún momento abrieron la puerta de mi caja y dos salvajes me sacaron, arrastrándome, de ella. La claridad cegadora inundó mis ojos. Cuando, después de un tiempo, pude adaptar mi vista a la luz, comprendí que estaba en una jaula. Con gran esfuerzo, me puse en cuclillas y pude apreciar la inmensidad de la trágica escena.
Estábamos en una habitación muy grande, más grande que cualquiera que hubiese visto antes. A ambos lados de un pasillo estaban dispuestas las jaulas, similares a aquella en la que ahora me encontraba, algunas más grandes, otras menores. Unas encima de las otras. En su interior, infinidad de seres de los que habitaron mi tierra. Desde los grandiosos Caballos-con-Trompa, hasta los hermosos Seres-que-Surcan-los-Cielos.
Mi jaula ocupaba uno de los lugares más altos, apenas por debajo de una ventana circular. Poniéndome en puntas de pie con esfuerzo, a través de ella podía ver un paisaje desolado: una gran extensión de arena, con algunos arbustos esparcidos aquí y allá; una llanura chata apenas cortada por una montaña solitaria, a lo lejos, detrás del horizonte.
En la jaula vecina habían colocado a una hembra de mi raza, a la que jamás había visto antes. La cubría de vergüenza su desnudez obligada, y aunque la supuse hermosa, su rostro con sangre seca, sus ojos rojos de llanto y su cuerpo tan maltratado, quizá como el mío; me empujaron a la pena y a la necesidad de consolarla. Le hablé con suavidad, pero ni siquiera me miró. Perdí la cuenta del tiempo que pasamos allí.
No había ningún tipo de separación entre las jaulas de arriba y las de abajo, de modo tal que el excremento y el orín de las superiores caían de una a otra hasta llegar al piso. Muchos de los cautivos que estaban en las jaulas inferiores murieron. Cada día, una vez, los salvajes entraban a la Gran Habitación y retiraban los muertos, ponían a nuevos prisioneros, recién llegados, en otras jaulas y nos daban escaso alimento.
Nos castigaban sin motivo. Creo que mi compañera enloqueció. Lloraba y llamaba sin descanso a su hijo.
Finalmente, una mañana en que vi el cielo oscurecido por las nubes, se abrió la puerta de la Gran Habitación y entraron todos los salvajes. A su cabeza, uno de ellos, de pelo blanco y cara surcada por arrugas viejas, y al que nunca habíamos visto; alzó su mano. Se hizo el silencio y con voz atronadora habló con palabras que no entendí, pero que aún escucho en mis oídos como a una maldición, como el motivo y razón de la muerte de mi mundo. El dijo:
―¡Animales!, mi nombre es Noé.
Afuera se desató la tormenta. Llovió durante cuarenta días y cuarenta noches.


ELLA NOS ENSEÑÓ A DESCUBRIR MUNDOS MÁGICOS

Las clases con la señorita Tita eran pura poesía.  Pensá que teníamos, no sé, seis años; o siete alguno que repetía; no más grandes que eso; y la mayoría con un julepe bárbaro porque apenas dejábamos nuestras casas para entrar a ese otro mundo, el de los niños de impecable blanco, como decía la directora. No había Jardín de Infantes ni aclimatación con nuestras viejas. No señor. Primeros días de marzo, olvidate de la infancia, chau mamá, y adentro, a clases.
Pero con ella ¡que delicia! Tenía el don de hacerte sentir en el patio de tu casa, jugando con tus amigos.
Cierta vez nos pidió que llevásemos plastilinas de colores. Ese día la Señorita Tita entró al aula, y nos dijo:
—Hoy vamos a fabricar pájaros.
Nos dio algunas indicaciones y, con las manitos sucias después del recreo largo, empezamos a moldear bolitas chiquitas y grandes que juntábamos, unas con otras, remedando algo lejanamente parecido a un ave. Y entonces, cómo decirte, se hizo el milagro. Ella empezó a pasearse entre los bancos, diciendo, mientras acariciaba nuestras cabecitas:
—Qué bien, María
—Te felicito, Rubén
—Muy lindo, Mario
Y después de esa caricia, en nuestras manos, esas estatuitas deformes de plastilina se transformaron lentamente en aquello que cada uno de nosotros había imaginado. Y empezaron a volar.
Aparecieron hermosos gorriones, fantásticas golondrinas, y loritos barranqueros, y benteveos, chingolitos, calandrias, cardenales, canarios, tordos. Algunos más estudiosos, que habían visto dibujos y fotos en algún manual, se le animaron a los flamencos –por aquel entonces yo no sabía que se llamaban así- y a las cigüeñas, y a un pelícano, gaviotas, garzas, petreles. Y dos o tres que tenían una imaginación fabulosa, amasaron unos pájaros extrañísimos que recuerdo —la memoria, vos sabés, te juega malas pasadas— como parecidos a quetzales, guacamayos y aves del paraíso.
Casi al mismo tiempo, las paredes del aula se desvanecieron y nos encontramos sentados en un prado, al pie de la sierra; bajo un cielo luminoso y cristalino; y con nuestros pájaros volando y piando, graznando, trinando, silbando o como se llame al canto de cada especie.
Y nosotros, embelesados, reíamos y gritábamos mientras saltábamos y corríamos de acá para allá, siguiendo sus vuelos con nuestras caritas llenas de vida, en medio de un festival de colores y plumas.
Y la Miriam que gritaba porque el cóndor que había fabricado el Cholito le hacía vuelos rasantes; porque todos sabían que el Cholito gustaba de la Miriam, como se decía entonces.
Y la gorda Alicia se quedaba quietita, con ojos de pánico, porque le tenía miedo a las palomas que le pedían esas semillitas de girasol, que ella llevaba siempre en un bolsillo; sí, las mismas que ahora se llaman pipas.
Y el José carreteaba intentando despegar mientras agitaba sus bracitos imitando el vuelo de un albatros que había inventado.
Y la Estela daba manotazos para agarrar su picaflor. Y la Susi sacaba miguitas de pan de adentro de su cartuchera para tirárselas a un hornerito que la miraba desconfiado. Y el Juancho, cómo no, buscaba piedritas; que por suerte no encontró, para poder usar con su gomera; desesperado ante tanto pájaro suelto y él sin municiones.
Yo miré a la señorita Tita: estaba radiante. Y te juro que vi al sol reflejado en una lágrima, que se me antoja de amor, sobre su mejilla.
Claro que el alboroto que hicimos debe haber sido grande, porque una milésima antes de que se abriera la puerta del aula, los pájaros se detuvieron en el aire. Volvieron las paredes, y el pizarrón, y los bancos, y el piso; se esfumó el cielo y apareció el techo de siempre, viejo y descascarado, con su lamparita solitaria colgando como un triste solcito casi apagado.Recortada en el marco de la puerta, apareció la silueta de la directora. Adivinamos su gesto adusto de siempre; y se nos vino encima el consabido discurso: que la escuela es un templo del saber, que no se puede permitir tanto ruido, que ¡estos niños!, que el respeto por los demás, que para hablar están los recreos, y dale, dale, dale.
Mientras nos retaba, miré al piso: pedazos informes de plastilina estaban desparramados por todos lados, aplastados, como si hubiesen caído desde gran altura.
La señorita Tita, ajena al discurso y a sabiendas de su semilla plantada, sonreía.

domingo, 13 de mayo de 2018

Hablamos del Laboratorio Literario San Martín Lee en la FILBA2018.






Presentación de "Poemas de Adriana" en la FILBA 2018

Tuve el placer de presentar mi libro "Poemas de Adriana" en la 44ta Feria Internacional del Libro de Buenos Aires; acompañado de Adriana, por supuesto; de Norberto Ramazotti, que presentó el libro; de Mónica Cazón, Silvia Vázquez y Angie García; que leyeron algunos poemas, de mis queridos amigos del Laboratorio Literario San Martín Lee y de mucho público. ¡Gracias a Andrea Felsenthal, coordinadora del Plan Municipal San Martín Lee y de la presencia de San Martín en la FILBA 2018, y a la gente del satnd por su amabilidad, atención y excelente colaboración!










sábado, 5 de mayo de 2018

Presentamos "Gente de pocas palabras 1" en la FILBA 2018

Presentamos "Gente de pocas palabras 1" en la 44ta Feria del Libro de Buenos Aires, en el stand de la Mnicipalidad de San Martín (3117, Pabellón Ocre), juntoa a Andrea Felsenthal y los asistentes al Seminario de Microficción que tuve el agrado de dictar en diciembre de 2017, en el Espacio de Formación Literaria. Esta antología está compuesta por los textos que se escribieron como ejercicios en ese Seminario, y tuve el honor y placer de compilarla y maquetarla. Se puede leer en https://es.calameo.com/read/0027001819201ee586ab5










Hablamos de microficción en la FILBA 2018

Maravillosa tarde, hablando de Microficción, del Concurso de Microficción Martín Fierro (¡Se viene la edición 2018!), dialogando con los ganadores de la Edición 2017 y haciéndole entregas de sus tarjetas, del Espacio de Formación Literaria, de la experiencia del Seminario de Microficción de diciembre del 2017 y presentando "Gente de pocas palabras 1" junto a los alumnos que asistieron; leyendo microficciones y compartiendo un hermoso momento. Con la incansable Andrea Felsenthal y toda la gente del stand de la Municipalidad de San Martín (3117, Pabellón Ocre)









¡Ya está "Textos Fugados II"!

El gratísimo gusto de tener en mis manos mi ejemplar de "Textos Fugados II", antología, que compilé, edité y comparto, de textos escritos por los integrantes del Laboratorio Literario San Martín Lee --¡ya es la segunda!--. Allí estamos Alberto Fiszbejn, Amalia Fuino, Andrés Otero, Angel Fernando Paz, Claudia Bursuk, Cristina Ramognino, Daniel Frini, Loreto Di Mascio, Lourdes Ramognino, María Esperanza Menardi, Norberto Ramazotti y Rubén Sardas. La ilustración de tapa, como en la anterior, es una obra de Claudia Bursuk (en este caso, Fragata Sarmiento)

Poemas de Adriana en la FILBA 2018

Poemas de Adriana en el stand de Ediciones Artilugios de la 44ta Feria Internacional del Libro de Buenos Aires (Stand 1500, Pabellón Amarillo). Y justito atrás, aparece Texto Fugados II; una antología que compilé e integro.

sábado, 28 de abril de 2018

Gente de pocas palabras. Volumen 1

Ya está en línea el ebook "Gente de pocas palabras. Volumen 1".
Tuve el honor de compilar los textos de esta antología para el Espacio de Formación Literaria. Se trata de una selección de textos escritos por los asistentes al Seminario de Minificción que dicté en diciembre de 2017, en la Librería Garabombo de San Martín.

Pueden leerla acá

domingo, 22 de abril de 2018

¡Nos vemos en la Feria!


Microficción y Teleconferencia

Una hermosa experiencia: Teleconferencia (¿aún se dirá así?) con los chicos de 5to grado de la Escuela General San Martín de General Deheza, Córdoba; en la Jornada Extendida de Literatura y TICs. Hablamos de microficción y acerca de mis experiencias como escritor. La pasé genial. Ahora, se viene el libro de microcuentos escritos por los chicos.
Un millón de gracias a mi hermanita Griselda Frini y a mi querida sobrina Mili Tavella.
Por supuesto, estas cosas de la tecnología nos jugaron alguna mala pasada; pero, previsores, teníamos Plan B: tratamos con Skype; terminamos usando WhatsApp. 
Las preguntas de los alumnos, muy, muy buenas.




domingo, 8 de abril de 2018

Agujero de Gusano

Un Agujero de Gusano o Puente de Einstein-Rosen, es una posible característica descrita por las ecuaciones de la Relatividad General, una desviación que permitiría acortar camino entre dos puntos del espaciotiempo; y presenta, al menos, dos extremos conectados. La materia podría viajar de un extremo a otro.

Guardia, Cima Quattro
23 de diciembre de 1915

Una noche entera / tirado al lado / de un camarada masacrado 
su boca / gruñona / vuelta hacia la luna llena / la hinchazón 
de sus manos/ penetrando /en mi silencio / He escrito / cartas llenas de amor.
Nunca me he asido / tan / firmemente a la vida

Giuseppe Ungaretti

He pasado la noche en un pozo de obús. No sé dónde estoy, pero el río Isonzo está al frente mío y más allá, a mi izquierda, el Monte Maggiore. Tengo frío. No siento mis manos, ni mis pies. Las suelas de mis botas se despegaron hace meses y no impiden que el barro congelado impregne mis medias, hechas harapos. Debí envolver mis pies con los restos de una raída gabardina, arrancada a un enemigo muerto que quedó colgado en las alambradas de púas, y al que las ráfagas y las explosiones mueven como si fuese marioneta. Perdí dos dientes a causa del frio y del escorbuto. Me torturan el hambre y la sed. ¡La sed! Luiggi murió hace unos días. Lo mató la infinita sed, que quiso saciar tomando el agua podrida del sistema de enfriamiento de una ametralladora abandonada.
    Esta ofensiva sobre el Carso, en Goritzia, comenzó el diez de noviembre; pero nos estancamos en el valle, y se nos hace imposible cruzar el río. Hace dos días comenzó el invierno.
    Estoy en una ladera perforada por miles de hoyos que dejó la artillería y en los cuales, mis camaradas y yo, apenas vivimos. Somos fantasmas rodeados de los cadáveres insepultos de los caídos. Ya no distingo entre el olor dulzón de la putrefacción, apenas atenuado por el frío; ese otro, pegajoso, de la pólvora, y aquel, parecido al heno mojado, del fosgeno con que nos envenenan los austríacos o, a veces, nuestros propios generales. Es un paisaje desierto, violado, que se despierta cuando cesan los bombardeos y se defiende con la misma furia que hizo célebres a los soldados del «Alessandria» —mi regimiento, el 155 de Infantería—, hermanos míos acostumbrados a luchar sobre el terreno roto y sembrado de trincheras, proyectiles sin estallar, andrajos de tela verde y gris, armas destrozadas, cascos rotos y pobres restos humanos que intentan escapar  de la niebla sucia y el humo. La nieve que cae no puede cubrir la desolación y, en seguida, se ensucia de un gris macilento.
    La madrugada ha sido larga y oscura. En silencio, llamo a mi madre, necesito a mi padre y volver a recorrer mi pueblo. Extraño un fuego cálido que atenúe este sufrimiento. La luz de una vela es muerte que viaja desde los francotiradores del imperio. El día no quiere llegar y se oculta en la bruma oscura del alba.
    Mis dedos ateridos acarician a mi buen fusil: un seis cincuenta Mannlicher-Cárcano, diseñado hace un cuarto de siglo por el viejo general Paraviccini. Ya perdió su bayoneta, y su culata se rompió hace un tiempo, cuando peleamos juntos, al lado de los «Arditi», esos locos desenfadados a quienes masacraron en la cabeza del Puente de Tolmino.
    La artillería austro-húngara comenzó su rueda habitual hace una hora; estamos ensordecidos por las atronadoras explosiones, ciegos y llenos de miedo. Ahora llega el turno de su infantería. Atacan nuestras posiciones, subiendo la colina en una carrera suicida. Morirán muchos de ellos, como todos los días; pero sé que esta vez no podré sostenerme: en el peine de mi fusil sólo queda una bala.
    Con el estallido del último obús, lo veo. Como una aparición, un enemigo sale del humo y corre hacia mí; con un grito enmudecido, casi una mueca, grabado en su rostro. Es un soldadito de cabellos rubios, casi un niño, sucio, enflaquecido y con más miedo y más ganas que yo de abandonar esta lucha. Atraviesa casi volando trincheras y alambradas y cuando está a veinte metros míos, me dispara.
    En ese último segundo, apenas tengo tiempo para apuntar mi fusil. Mi enemigo se esfuma y, en su lugar, aparece un torbellino que se abre como un túnel, entre destellos enceguecedores y fugaces, de verdes, naranjas y celestes. En su interior veo un día de sol, una ciudad increíble, una plaza muy verde —¡no recordaba el color de las plantas!—, unas vías de tren, una calle de color azul oscuro; y muchas personas vestidas de manera extraña que vitorean a los ocupantes de un vehículo negro, brillante y descapotado que parece venir hacia mí. De alguna manera sé que estoy mirando el futuro, y ese hombre que saluda, sonriente, a la multitud, que está al lado de la mujer vestida de rosa, aún no nació, y en cuarenta años mandará sobre nuestros amigos del norte de América, será el hombre más poderoso de la tierra y estará sentado en ese automóvil, recorriendo las calles de la ciudad de Dallas.  
    Todo ocurre con gran rapidez. Mi mente no logra hacer que mi mano detenga la orden impartida antes de que aparezca la visión, entonces, con ese hombre sonriente en la mira y a unos cien metros de donde estoy, disparo mi última bala. El proyectil dibuja una estela al penetrar en el túnel, desaparece de ésta época, impacta en la garganta del blanco y le destroza la cabeza.
    El torbellino se diluye tan velozmente como se formó. La bala del austríaco me alcanza en el pecho, y yo muero. Quedo tirado en este pozo. En unos meses, podrido, frío y sin nombre; me llevarán al Sagrario de Oslavia donde mis huesos dormirán junto a otros cincuenta mil caídos en estas batallas; desde la Bainsizza hasta el mar.
    El hombre que morirá dentro de cuatro décadas jamás sabrá que he existido.

lunes, 2 de abril de 2018

Mi cuento "La mujer que cantaba" en la Revista AWEN

En el Número 3 de la REVISTA AWEN (Venezuela), dedicado al Misterio; mi cuento "La mujer que cantaba". Una revista de magnífico contenido y exquisito diseño.

Pueden leerla acá