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sábado, 25 de septiembre de 2010

"El Secreto" en "Grageas 2", editorial IMFC


Mi relato "El Secreto" fue seleccionado por Sergio Gaut vel Hartman para integrar la antología "Grageas 2 (Más de cien cuentos breves hispanoamericanos)" editado por el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos (Buenos Aires, Argentina), Colección Bicentenario

Un detalle extra: ilustración de tapa de Carlos Nine (¿que tul?)

Se puede comprar en:
http://www.imfc.coop/compraenlinea/libros/ficcion/grageas-2.html


"Grageas 2 contiene más de cien textos que fueron escritos por autores experimentados y noveles, mayores y jóvenes, que viven en Argentina, Chile, Colombia, Cuba, España, México, Perú, Uruguay y Venezuela. Hagamos nuestras, entonces, las palabras de Ingenieros ("En la utopia de ayer se incubó la realidad de hoy, así como en la utopía de mañana palpitarán nuevas realidades"), y que en la utopía de mañana palpiten nuevas realidades, realidades como ésta. Estamos construyendo una utopía en este acto de creación, haciendo lo que sabemos hacer, y legando, de algún modo, estas grageas de ficción para los que vendrán, para los que empezarán a poner los cimientos del Tricentenario."

miércoles, 17 de enero de 2018

Mi cuento "Las flores del tiempo de la lluvia" en El Narratorio, Nro. 23

En "El Narratorio - Antología literaria digital, Año 3, Nro 23" publican mi cuento "Las flores del tiempo de la lluvia".

Se puede descargar acá; o leer acá abajo:


Las flores del tiempo de la lluvia

Kan Imix Che, hijo de hijos de la nobleza Tutul Xiu y sacerdote que escribe pintando; alisa el amate sobre la piedra, con el filo de la misma mano que sostiene el pincel, que moja en los cuencos con tintas negras como la noche, rojas de un rojo intenso, azules maravillosos, verdes y amarillos extraordinarios. Con una infinita dulzura dibuja los glifos que conforman la poesía que, hace días, escribe para la hermosa Yatziri, su flor de rocío, su doncella de luna, tocada de eternidad:

Aún cuando se marchiten
no morirán mis flores.

Piensa en ella y se iluminan sus ojos, y agradece a la diosa luna y al dios del cielo, y le promete a la Mujer Arco Iris dejar el libro en el templo de Ticul, para que los Hombres Sabios lo guarden en secreto de los hombres pálidos que vinieron con el sol, caminando sobre las grandes aguas.

Irán a visitar la casa
del ave de plumas de oro.

Kan Imix Che sabe que la mujer que ama y lo ama leerá su obra en el Templo Oculto y la sonrisa clara del rostro que lo deslumbra le llegará, llenándolo de alegría.

Se embriagarán
y volverán a nuestras manos.

Sabe que debería escribir sobre la grandeza de los dioses del Ma'ya'ab; guardar, para los que vendrán, las relaciones de los hechos de los gobernates de su tiempo; registrar la malicia de los hombres claros, la muerte y el dolor de los suyos.

Las flores del tiempo de la lluvia,
fragantes flores,

Pero, de manera clara, entiende que la mejor manera de hablar de su tiempo y de su gente; que la mejor forma de homenajear a los dioses; que el mejor testimonio de su época que puede dejar escrito es éste poema inspirado por Yatziri, la querida de Ix Chel, Señora del Amor; su flecha radiante, su princesa.

abrirán sus corolas
donde anida el ave que te nombra.

Hoy es doce de julio del año del Señor de mil quinientos sesenta y dos, y en Maní arde la hoguera en la que se quema todo registro de la cultura maya; en el Auto de Fe con el que concluye el proceso de inquisición que inició Fray Diego de Landa.
«Hallámosles gran número de libros de estas sus letras, y porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todos, lo cual sentían a maravilla y les daba pena», dijo el franciscano; mientras los hombres del Alcalde Mayor escarmientan a los señores de Pencuyut, Tekit, Tikunché, Hunacté, Maní, Tekax y Oxkutzcab, por su reticencia a abrazar la nueva fe y a olvidar a sus dioses paganos.

Que te pongan los collares
de flores del tiempo de la lluvia.

Hoy es el mismo día que también es diez Etz’nab Tzolkin, dieciséis Kumk’u Haab y Kan Imix Che está sentado, inmóvil junto a quienes observan la hoguera. La expresión de su rostro es indefinible y es la última muralla de orgullo que puede imponer a los extranjeros. Aguanta, sin pestañear —ninguno de ellos lo hace― los lengüetazos de fuego que le acarician la cara a pesar de la distancia que lo separa del centro de la plaza y la pira en la que arden toneladas de libros, figuras de los Señores del cielo, altares, estelas y vasijas. No puede respirar y algo como un puñal le atraviesa la garganta y lucha por no estallar en llanto. Sabe que del otro lado, hoguera de por medio, está Yatziri. No se anima a buscarla con la mirada, de pura vergüenza.

Sólo con nuestras flores
nos alegramos.

El poema está allí y se consume. Los pigmentos de las tintas colorean las llamas; y el humo se pierde en la dirección en que vinieron los hombres que ahora están borrando la memoria del Yucatán.

Sólo con nuestros cantos
muere nuestra tristeza.
Mi esposa. Mi mujer amada

Kan Imix Che sabe que nadie nunca sabrá de ese amor que él creyó símbolo de su cultura y expresión de su historia y de sus dioses y que él morirá, que Yatziri morirá, que no habrá hijos e hijos de hijos que lo recuerden; que, de alguna manera, él y su esposa y su gente están muriendo en esa hoguera. Las llamas distorsionan el último y exquisito glifo del poema. Sus brillantes colores se confunden en un negro de humo que ahora es ceniza y ahora es nada.



viernes, 17 de abril de 2009

El secreto

sábado, 30 de enero de 2010

Vengo hasta ustedes desde un Dios muy lejano

El rey sajón que ofrece al rey noruego
Los siete pies de tierra y que ejecuta,
Antes que el sol decline, la promesa
El Pasado, Jorge Luis Borges
El oro de los tigres, 1972

Inconmensurables señores: hoy me presento ante esta asamblea para reclamar justicia y llamar a vuestra indulgencia, exponiéndoles mi caso. Vengo solo, sin mediadores ni protectores, porque entiendo que sabrán ser ecuánimes y creo, firmemente, estar asistido por la verdad.
Soy Raúl Ordóñez. Mis antepasados nacieron en la Hispania. Uno de ellos, el iniciador de la estirpe, se llamó Ordoño, y todos sus descendientes —mi padre, el padre de mi padre y así hasta llegar hasta él— nos llamamos sus hijos. Pero por mis venas corre sangre de otra raza, además de la ibérica: también vengo de los mapuches que habitaron el sur de la América, aún antes de que los barcos españoles llegaran con empeño de conquista. Por eso mi piel es cobriza; mi cabello renegrido y grueso; mi rostro es redondo, con pómulos altos y mentón fuerte y tengo ojos pequeños y negros. Nací en Caleufú, departamento de Rancúl, sobre la Ruta 4, en la Provincia de La Pampa; en una época que se me antoja perteneciente al futuro, si bien no sé en qué tiempo estoy viviendo y ni siquiera si ese concepto es válido aquí. Durante toda mi niñez cultivé la tierra de mis señores; y tuve una pobre educación, apenas la necesaria para aprender a leer y escribir, y para ser un hombre temeroso de mi Dios galileo.
Sin embargo, en algún momento de mi juventud fui reclutado, junto a otros veinte como yo, por un grupo de científicos que trabajaban en un proyecto muy importante, en apariencia, y totalmente secreto. Durante varios años fuimos entrenados en diversas artes, para servir como recolectores de datos y comisionados en distintos destinos. Nos llamaron los Enviados, y nos convencieron de que éramos soldados de la Tecnología, héroes, y que seríamos honrados por las generaciones futuras como Aquellos que Abrieron el Camino. Nunca lo mencionaron, pero estaba claro que no esperaban que volviésemos.
Acepté mi destino, quizá, por las palabras que usaron, o por el ambiente de entusiasmo militar que precedió a una epopeya que se adivinaba trascendente; o por que me sabía cobarde y quise convencerme, así, de que no lo era.
Por artes de encantamiento me tocó en suerte ser enviado al Puente de Stamford, en la mañana del veinticinco de septiembre del año mil sesenta y seis, a la batalla en que Harald Harald Sigurdsson, conocido como Hadrada y último rey vikingo de Noruega, obtuvo del rey sajón sus siete pies de tierra inglesa.
Estuve allí, a su lado, cuando en plena furia guerrera y con su estandarte Landeythan ondeando junto a él, recibió la flecha que le atravesó la garganta y acabó con su vida. Cuando los sajones del rey Godwinson contraatacaron, uno de ellos se precipitó sobre mi con rabia violenta. Por puro y simple acto reflejo, busqué alrededor algo para protegerme y mi mano encontró una espada abandonada con la que intenté cubrirme. La fortuna quiso que mi atacante, en su carrera impetuosa y vehemente, resbalase en las vísceras de un muerto y cayese sobre la espada que yo sostenía, muriendo a mi lado mientras pronunciaba una maldición que no entendí. Quizá el sudor, quizá la sangre me nubló la vista. Un instante después, una lanza entró en mi pecho, matándome y sin que aún hubiese soltado la espada. Fue así que, sin quererlo, honré la tradición vikinga como un einherjar, un muerto heróico, y fui llevado al Valhalla por las Valquirias.
Allí, día tras días y en las llanuras de Asgard, nos enfrentamos en sangrientos combates, que todos parecen disfrutar, en espera de la última batalla, al final de los tiempos. Por las noches somos curados de nuestras heridas para repetir la lucha al día siguiente. En el caldero mágico siempre está listo el estofado de jabalí y se celebran extraordinarios banquetes acompañados con embriagante hidromiel.
Sin embargo, no estoy cómodo allí. No soporto los repugnantes modales de los guerreros, sus habituales demostraciones escatológicas y las palabrotas; suelen caerse desvanecidos por las borracheras y tratan a las valquirias como a vulgares prostitutas, toqueteándolas y sometiéndolas a sus más bajos deseos, a la vista de todos y festejados por todos.
Pero lo que realmente me aterroriza es estar obligado a participar en las diarias batallas. Ya lo dije, soy total, absoluta y convencidamente cobarde. Siento un pánico atroz cada vez que veo avanzar hacia mi un temible y enorme guerrero, con su rostro desencajado, y drogado por los alcaloides de la muscaria o el comezuelo. Lo normal es que yo caiga, con terribles heridas, en la primera embestida. Y esto, según parece, durará por la eternidad. Para todos aquí, esto en el paraíso, pero no para mi.
Les he planteado mi caso y por eso recurro a ustedes con humildad.
Poderoso Odín, jefe de todos los dioses y señor de la sabiduría, temible Thor, dueño del trueno; sereno Freyr, amo de la naturaleza; Tyr, señor de la guerra; Heimdall, dios de la luz; Baldr, el más bello y amado de los dioses; Frigg, esposa de Odín; Sif, la de los largos cabellos rubios. No soy digno del honor dispensado a los más grandes guerreros vikingos. Acepto mi muerte, pero les pido, les ruego a todos ustedes, por favor, relévenme de este privilegio, permítanme abandonar el Valhalla y marchar a mi cielo cristiano.

domingo, 10 de mayo de 2009

La Guerra Final

Hace un milenio, la humanidad descubrió el secreto de la inmortalidad. Durante los setecientos años siguientes, los humanos del tipo H, nacidos según el método tradicional, ejercieron el dominio y desarrollaron a los tipo C, nacidos clones, y a los tipo M, modificados genéticamente. En ese período de paz relativa, no murió nadie por enfermedad y se alcanzó una población incalculable. En los trescientos años siguientes, nosotros, los tipo A, trabajando desde las sombras, instigamos la lucha entre los demás. Hace tres días murió un clon, último sobreviviente de la guerra entre los H, los M y los C. Ahora solo quedamos nosotros, un millón quinientos mil humanos del tipo A. Todos inmortales.
Mi nombre es A Utnapishtim Gamma.
Por supuesto, la A indica mi condición de nacido androide.

sábado, 21 de junio de 2014

En un suplemento barrial...

Es del 2001, pero lo veo recién ahora.
Me publican/No avisan/Al menos, ponen mi nombre...


En "La urdimbre" mi cuento EL SECRETO.

Retribuyo la publicidad
Número 9 del Año 9 / Octubre 2011 / Números publicados: 105 / Reg. Propiedad Intelectual N° 905364 / Director Propietario: Diego Nicolás Roberti / Director Editorial: Alfredo Abel Roberti / redaccion@laurdimbre.com.ar / Miguel C. Victorica 140 - C.A.B.A. / 4300-6396 / Cantidad estimada de lectores por edición: 12000. LA URDIMBRE recoge y difunde ideas y propuestas, que nos ayuden a reflexionar y actuar sobre nuestro entorno (que comienza en el barrio y abarca el resto del planeta) bajo la máxima “Piensa globalmente, actúa localmente”. Notas y avisos © La Urdimbre. Permitida la
reproducción de artículos citando la fuente. Fotos La Urdimbre, excepto cuando se otorgan otros créditos. Tirada de la presente edición: 4.000 ejemplares. Obtenga su ejemplar: 2000 en locales de anunciantes, 400 a organizaciones comunitarias, 1600 con el diario del domingo. Retire su ejemplar gratuito en kioscos de:
•Alte Brown y B. Pérez Galdós
•Alte. Brown y Pinzón
•Alte. Brown y Suárez
•Alte. Brown y Lamadrid
•Brasil y Defensa
•Brasil y Perú
•Carlos Calvo y Defensa
•Chile y Piedras
•Paseo Colón y Cochabamba

sábado, 1 de enero de 2011

Multiverso

Se denomina Multiverso al grupo de todos los universos y/o dimensiones posibles que están relacionados (universos paralelos). Se ha sugerido que al viajar al pasado no viajaríamos a nuestro pasado, sino a una copia de éste conteniendo un turista. Tendríamos así dos espaciotiempos simultáneos: uno donde aparece un turista y otro donde no.

Todos nos quemaremos juntos cuando nos quememos
No habrá necesidad de pararse y esperar el turno
Cuando llegue la hora de la caída y San Pedro nos llame a todos
Simplemente dejaremos caer nuestros propósitos
y dejaremos de hacer lo que hacíamos.
Tom Lehrer, “We Will All Go Together When We Go”

¿En cuál universo está hoy la realidad?
Conjetura de Zabala-Cismondi

Uno – Casa Blanca, Washington

El lunes siguiente a su visita a Dallas, en campaña proselitista para los próximos comicios en los que buscaba su reelección, John Fitzgerald Kennedy, trigésimoquinto y último presidente de los Estados Unidos de América, recibió en su despacho del Salón Oval de la Casa Blanca a su Secretario de Defensa, Robert Mc Namara. Éste le mostró las fotografías de la Isla Wrangel, en el Mar de Chuckchi; al norte de Siberia, cerca del Círculo Polar y a sólo unos seiscientos kilómetros de Alaska, tomadas por un avión espía U2 Dragon Lady. En ellas se observaba claramente las instalaciones de lanzamiento de misiles intercontinentales R-16 rusos. Aunque la versión más firme; que recoge, incluso, el informe Thomas, indica que esas fotografías eran un montaje de los servicios estadounidenses, funcionales a grandes capitales petroleros interesados en explotar recursos en poder de los rusos. Éste fue el detonante de la Segunda Crisis de Misiles; y consecuentemente, de la Tercera Guerra Mundial.
No está claro qué pasó a partir de ese momento. Kennedy sostuvo siempre, hasta su ajusticiamiento en Wiesbaden en mil novecientos sesenta y nueve, luego del Juicio a Los Cinco; que no fue él quien dio la orden de fuego. Lo cierto es que el diez de enero de mil novecientos sesenta y cuatro, un misil Polaris, con una ojiva W47, impactó en Aleksandrovskiy Sad, en las afueras de Moscú y obliteró todo lo que se encontraba dentro del anillo del Sadovoye Kol’tso, que rodeaba la ciudad. Al día siguiente, como represalia, la Unión Soviética envió un bombardero estratégico Tupolev TU-95 que dejó caer una bomba Tsar de cincuenta megatones, que estalló a mil quinientos metros de altura sobre Cliffside Park, en el estado de New Jersey. Inmediatamente, desparecieron las poblaciones desde Stony Point hasta Keansburg; y desde Dover hasta Brentwood; incluida toda la ciudad de New York,
En los Laboratorios Militares de Little Cedar, en Sterling Forest, a unos cuarenta kilómetros de distancia de la Zona Cero, había una dotación de unos quince misiles Black Fox en condiciones operativas, con bombas H como carga nuclear; que fueron alcanzados por la lluvia de neutrones de la bomba rusa. El efecto de esta terrible segunda explosión afectó desde el norte de Canadá hasta el sur de México.
Se supone que ese día Kennedy se refugió en las instalaciones antiatómicas de Sheridan, en Wyoming, donde fue detenido en mil novecientos sesenta y siete.
Los generales sobrevivientes en las ciudades de la costa oeste estadounidense ordenaron el ataque masivo. Así, entre ofensivas y contraofensivas atómicas, fueron desapareciendo, una a una, las principales ciudades de los países aliados de ambos lados de la Cortina de Hierro. La falta de controles centrales y la destrucción de las comunicaciones dejaron en libertad a los Señores de la Guerra, para enfrentarse en conflictos personales —salvo uno o dos, todos ellos nucleares— que sumergieron a la civilización entera en una era feudal feroz y sanguinaria; la más terrible de la historia humana.
En mil novecientos sesenta y cuatro éramos unos tres mil millones de habitantes en todo el mundo. Cinco años después quedaban sólo cuatro millones.

Dos – Isla Huemul, Río Negro

En mil novecientos cuarenta y ocho, Ronald Richter, un físico alemán nacido en la región de los Sudetes checos y que había trabajado para los nazis, convenció al presidente de Argentina, Juan Domingo Perón, de encarar el proyecto de obtención ilimitada de energía a partir de la fusión nuclear
Un año después se anunciaba en la Casa Rosada de Buenos Aires, que "El dieciséis de febrero de mil novecientos cincuenta y uno, en la Planta Piloto de Energía Atómica en la Isla Huemul, de San Carlos de Bariloche, se llevaron a cabo reacciones termonucleares bajo condiciones de control en escala técnica."
Ya se sabe el final de esta historia: en mil novecientos cincuenta y dos, una comisión auditora desenmascaró el engaño de Richter; y a los pocos meses se dio por concluido el Proyecto Huemul.
Lo que no se conoce es que, en realidad, las instalaciones de la isla fueron reacondicionadas a partir de mil novecientos cincuenta y cinco, para servir de base de operaciones al Proyecto Huemul Dos, completamente alejado de los sueños megalómanos de Richter, y orientado al estudio de fenómenos cuánticos. A los pocos meses estaba instalado el primer acelerador de partículas, un primitivo generador de Cockcroft-Walton que, oficialmente, fue llamado Linac Uno, al que todos los involucrados en el proyecto llamaron Liny. Con él se realizaron las primeras pruebas que condujeron al descubrimiento del efecto Lovera; y, por lo tanto, a la conjetura de Zabala-Cismondi.
Cuando los integrantes de la dirección del Proyecto se enteraron del desastre de Little Cedar, entrevieron lo que se avecinaba y cambiaron, en consecuencia, la dirección de las investigaciones. Se decidió que la isla era un lugar lo suficientemente seguro e inofensivo para permitirse pensar en una especie de Arca de Salvación. Confiados en esto, tomaron las medidas necesarias para reunir allí a los más brillantes científicos de todo el mundo, que hubiesen sobrevivido a la debacle de la guerra.
Pronto estuvo claro para todos que la vida en la superficie de la tierra, tal y como se la conocía, tenía los días contados. Las mediciones Geiger mostraban que las nubes radiactivas, lejos de disiparse, crecían. Además, se detectaron grandes cantidades de torio 230, con una vida media de más de ocho mil años. Se debía encontrar la forma de eliminar esta contaminación, o bien arbitrar los medios para esperar los ochocientos siglos hasta que la radiación desapareciese naturalmente.
Con la suficiente lucidez, y no sin serios conflictos, se decidió orientar los escasos recursos a conseguir un ámbito seguro, y a salvo de la devastación donde poder trabajar en las posibles soluciones. Se demostró que ni siquiera en instalaciones subterráneas o, incluso, submarinas estarían a salvo; por lo que casi inmediatamente se pensó en el espacio.
La estación espacial Suyai —esperanza en mapudungun, el idioma mapuche— estuvo lista y funcional en mil novecientos setenta y dos, en órbita lunar. De acuerdo al Plan de Evacuación, se enviaron 400 humanos, 200 machos y 200 hembras, toda la tecnología y la información posible y la más completa dotación genética que se pudo reunir.
Desde entonces, la humanidad vive allí. En la Tierra no queda nadie desde hace mucho tiempo.

Tres – Suyai, órbita lunar 100K

Trescientos años después, las condiciones no habían hecho más que empeorar. Todos quienes alguna vez habitamos Suyai, padecimos desordenes alimentarios causados por la dieta insuficiente de unos escasos cultivos hidropónicos, y la poca tolerancia al prolongado uso de alimentos sintéticos. Todos quedamos estériles, debido a la exposición a la radiación gamma de los rayos cósmicos, por lo que nuestra reproducción debió basarse exclusivamente en la clonación, con desarrollo fetal extrauterino. Nuestros músculos se atrofiaron, y ni siquiera pudimos considerarnos humanos completos: a los niños que nacían, y de acuerdo con el Plan, les amputaban ambas piernas al año de vida, como respuesta a la falta de espacio para vivir —¿para qué se necesitan piernas en gravedad cero?—; en lo que, irónicamente, terminó transformándose en una especie de rito bautismal y de comunión, debido a que estas piernitas se usaban como alimento para la población de la estación. Los problemas psicológicos eran extraordinariamente variados y muy difíciles de resolver, nuestra expectativa de vida era de apenas 32 años, e iba disminuyendo con el paso del tiempo. La tasa de mortalidad por asesinatos ascendía al veintidós por ciento. Y no podíamos darnos el lujo de castigar a los criminales: en general eran, también, excelentes científicos, y muy necesarios.
Nos transformamos en neardenthales del espacio.
El Plan de Evacuación había comenzado a desmadrarse unos ciento cincuenta años antes. En pocas palabras, pecó de optimismo respecto de nuestro comportamiento como civilización residual, según la terminología utilizada. Se suponía que nuestra misión consistía en generar condiciones para volver a la Tierra y rehacer la humanidad. En todo momento buscamos la forma de lograrlo, intentando superar el legado de las bombas sucias. Pero no obtuvimos resultados prácticos. Por otro lado, los cálculos más optimistas decían que en la Estación íbamos a desaparecer antes del siguiente siglo. De una u otra manera, estábamos condenados.
Sin embargo, algunos pocos de nosotros éramos partidarios de un enfoque completamente diferente y ajeno al Plan, que, para ese entonces ya había alcanzado el estatus de religión. Pensábamos que aunque muriésemos, podíamos salvar a la Humanidad. Recordamos los estudios iniciales del Proyecto Huemul Dos, y el efecto Lovera. Nuestra posición era opuesta a la de la mayoría, y nos hicimos rebeldes. Así empezamos, en el espacio y cerca de la Luna, la Cuarta Guerra Mundial.
Finalmente, ganamos. Aunque sólo quedamos catorce.

Cuatro – Conjetura

En las investigaciones que llevamos a cabo para intentar volver, tropezamos con una serie de ecuaciones que daban respuesta válida a los escenarios previstos por la Conjetura de Zabala-Cismondi.
En mil novecientos sesenta y uno se observó, en los experimentos realizados con Liny, que bajo determinadas condiciones de energía y polaridad de las cavidades resonantes, los haces de partículas parecían estar duplicados. Rápidamente, el doctor Santiago Lovera intuyó que se estaba en presencia de un desfasaje temporal; es decir la coexistencia, en el tiempo presente, del pasado y el futuro de la misma partícula; efecto que se conoce con su nombre. El fenómeno era totalmente inestable e impredecible; y, en apariencia, inofensivo; porque si bien se detectaba la presencia de dos haces, el resultado de las colisiones en la operatividad del acelerador Liny implicaba la ingerencia de uno solo de ellos. Gabriel Zabala y Carlos Cismondi, por su parte teorizaron que, en realidad, no se observaba una alteración del tiempo, sino la coexistencia de dos universos; y luego de ese instante de fase, como lo llamaron, cada haz observado dejaba su impronta en su respectiva materialidad. Claro que esto implicaba la existencia de dos Linys, dos Proyectos, dos Tierras. Y entonces, ¿porqué no pensar en infinitos Linys, infinitos Proyectos, infinitas Tierras?. Zabala y Cismondi propusieron la coexistencia, en todo momento —e hicieron una clara distinción entre el concepto de momento y el de tiempo— de infinitos universos similares, que llamaron Multiverso. Decían que en Liny transitábamos, sin darnos cuenta, entre dos universos tangenciales: uno en el que existía un solo haz de partículas y otro donde se veía ese haz, y otro igual, visitante. Y postularon que la experiencia perceptible de cada uno de nosotros, que definieron como realidad, se manifestaba en sólo uno de ellos. No avanzaron mucho más, ni llegaron a descifrar el modo en el que fuese posible el pasaje entre universos.
La Guerra iniciada en mil novecientos sesenta y tres acabó con esta línea de investigación.
Desesperados, nosotros quisimos retomarla en Suyai. Los más fundamentalistas pensaban que hacer esto era una blasfemia al Plan. Nos acusaban de sostener un pensamiento primitivo que ellos equiparaban con el paganismo. La que llamamos Cuarta Guerra Mundial fue, en esencia, una guerra religiosa; y nuestro triunfo nos permitió seguir el trabajo en los términos de la Conjetura. Abandonamos la finalidad de la Estación, nos deshicimos de todo el material guardado que no nos sirviese y, por ende, de toda la historia de la civilización; y nos dedicamos de lleno a trabajar en el Multiverso.
Logramos demostrar matemáticamente la existencia de los infinitos universos paralelos, como transitar de uno a otro y nos fue posible situar a la realidad tangible y vivencial en sólo uno a la vez, eligiéndolo de acuerdo a nuestra conveniencia. La solución de Agujero Negro de Reissner-Nordstrom, continuada a través de una singularidad espacial evitable para un viajero, describía dos universos asintóticamente planos unidos por una zona de agujero negro, el que debíamos generar.
Demoramos doce años más en desarrollar, proyectar y fabricar la maquinaria necesaria para obtener la singularidad. Para ese entonces, sólo quedábamos cinco.
Resolvimos elegir un escenario posible para cada uno de nosotros (a través de las ecuaciones nos era permitido elegir tiempo y espacio) para intentar revertir el desastre; y marchar hacia uno de ellos. Las probabilidades de obtener algún resultado positivo estaban astronómicamente en nuestra contra, pero todas las demás opciones conducían indefectiblemente a la extinción.
A mi me tocó viajar a los Estados Unidos de América, en mil novecientos sesenta y tres, para matar a John Fitzgerald Kennedy.
Entré a la máquina e inmediatamente me envolvió un torbellino de luces que me destrozó en millones de explosiones pequeñísimas. Todo mi cuerpo adquirió una masa inconmensurable y se transformó en un agujero negro, que se invirtió de este otro lado; en una operación terriblemente dolorosa que no entiendo cómo pude soportar.

Cinco – Dallas, Texas

Llegué a Texas, en este universo, en octubre de mil novecientos cincuenta y nueve. Debí representar el papel de un hombre perdido y mentalmente desequilibrado, al que internaron en el Centro Médico DeBakey, en Houston; al confundirme con un veterano de guerra. Los tres años siguientes los usé para adaptarme a la vida en la Tierra, en la que nunca había estado. Recuperé mis músculos atrofiados y, no sin grandes dificultades aprendí a respirar este aire y a manejarme con la gravedad.
Según entiendo, mis cuatro compañeros deben haber fracasado, ya que la realidad estuvo donde yo estuve.
Casi un año antes de la gira de Kennedy comencé con los preparativos. Ya conocía los acontecimientos que se producirían, por lo que no me fue difícil armar una estrategia para realizar el atentado. En las elecciones que lo habían llevado a la presidencia, Kennedy había ganado por muy escaso margen en los estados del sur; y en ellos, los sondeos no eran muy favorables para las elecciones que debían realizarse en mil novecientos sesenta y cuatro; por lo que los encargados de la campaña planearon una visita a Texas para el otoño de mil novecientos sesenta y tres.
Sabía que Kennedy visitaría Houston, San Antonio, Fort Worth y Dallas. Estuve en las cuatro ciudades, y decidí matarlo en San Antonio. El plan falló cuando la persona encargada de proveerme el arma fue detenida por los servicios. Entonces, sólo me quedaba una oportunidad. Como plan alternativo, había elegido Dallas.
Todo lo demás es historia en este universo; la que ustedes conocen y pueden encontrar en cualquier libro, a pesar de las teorías conspirativas.
A las once horas y cuarenta minutos del 22 de noviembre el Air Force One de la comitiva presidencial aterrizó en el aeropuerto Lovefield de Dallas. Inmediatamente, la limusina descapoltable Lincoln Continental del sesenta y uno salió con rumbo al centro de la ciudad. En ella iban el presidente Kennedy, su esposa Jackie, el gobernador de Texas y su mujer, un agente del servicio secreto y el conductor.
A las doce horas y treinta minutos, la caravana llegó a la Plaza Dealey, giró a la derecha por Houston, luego a la izquierda por la calle Elm. Yo estaba ubicado en Grassy Knoll, a la derecha del paso de la comitiva, tras una empalizada de madera. Pueden verme en la famosa fotografía de Mary Moorman. Mi contacto, un pequeño traficante de Duncanville, también veterano, me había provisto de un rifle italiano calibre seis y medio, modificado y con mira telescópica; con el que pude realizar tres disparos certeros en menos de nueve segundos. El film de Abraham Zapruder registra el momento, aunque yo estaba detrás de él, por lo que no pudo filmarme.
Contra todos los pronósticos, tuve éxito. A las trece horas cuarenta y ocho minutos los doctores confirmaron oficialmente la muerte de Kennedy.
De acuerdo a lo planificado, no importaba que me atrapasen; porque, de todas maneras, mi misión estaba cumplida y la humanidad salvada. Había previsto ingerir una cápsula de cianuro; y aún si no podía hacerlo, no era relevante; por que mi historia sería inverosímil para cualquiera que la escuchara. Pero nadie me buscó.
A pesar de todo, en la confusión de las horas siguientes, y sin proponérmelo, logré evadirme; quizá amparado en mi condición de lisiado al que le faltaban ambas piernas. A nadie se le ocurrió revisar mi silla de ruedas, en la que escondí el arma.